Tiempo Suspendido

19 oct. 2009

No hay utilidad en el tiempo intangible. Las horas muertas, asesinadas sin piedad, se acumulan en un vasto campo de concentración, para servir de ejemplo a sus pares.
Horas grandes y chicas van pasando en fila, de una en una. Las caras largas y grises, inexpresivas, a juego con la ropa. El "tic" que hace una falange al ser quebrada y el "tac" de una nuca que se despedaza.

Sentado en la penumbra, el hombre mira por la ventana. Sorbe lentamente un mate lavado, secado y vuelto a lavar innumerables veces. Su estómago se queja, pero él ya no siente hambre. Mira por la ventana, dije, pero no ve el paisaje colorido de la primavera. En su mente se proyectan fotos grises de la época en que ser feliz estaba de moda, al menos, para él. A veces, un fogonazo ilumina su cerebro y siente ganas de llorar. Se levanta y pone la yerba usada a secar al sol, mientras carga el vaso que hace de mate con la yerba que ya está seca. El agua, no está caliente, pero no importa: es más la ilusión de tener algo qué hacer con las manos, que el deseo de tomar mate.

Nadie lo va a visitar; familia, amigos, ya todo está perdido, navegando en un océano de caña barata y tabaco seco. No extraña a sus seres queridos: los recuerda sin emoción ni pasion. Espera, pacientemente, que llegue su hora, pero sin apurarse, que eso no es cosa de hombres, y se acuesta vestido por si la ocasión se presenta mientras duerme.

Un día, el cartero golpea. Ante la falta de respuesta, pasa el sobre por debajo de la puerta y se va. Días pasan hasta que el hombre se decide, al fin, a levantarlo. El sobre, otrora blanco, comienza a tornarse amarillento y es probable que por esto lo recogiese.

Los dedos torcidos y las uñas como garras afiladas, abren el sobre con una delicadeza casi femenina. Reconoce el perfume, pero no la letra, suave y redondeada. Lee la carta lentamente, disfrutando del sonido que producen las palabras en su cabeza, pero sin buscar significado en lo leído, que para eso ya habrá tiempo.

Luego, amontona sus pocas pertenencias en una valija apolillada. Se pone una camisa transparente por el uso y cambia las chinelas por un par de zapatos sin brillo.

Sale. Cierra cuidadosamente la puerta tras de sí, sin poner el candado. Parte rumbo a la estación de tren que le permitirá irse lejos del pueblito de ratas, del zumbido de las moscas y de la llegada de una hija que no conoció.
Porque un hombre que sólo espera la muerte, ya no espera más visitas.

1 opiniones, saludos, etc :

Patrizio dijo...

Excelente!! me gustó mucho la verdad, espero leer más